lunes, 17 de marzo de 2014

No. 19, Marzo/2014


Nada se destruye sin que algo se levante.


José Martí.
 

La insoportable ingravidez del arte erótico.

No creo que exista manera de opinar sobre las tendencias eróticas en el arte sin desatar una polémica similar o mayor a la propiciada por los “desplantes” de las vanguardias ante el impresionismo sacralizado y las academias estancadas, o por otras propuestas estéticas de las eras pos e hipermodernas. La raíz, sin duda, no parte de la dilatada historia de su representación sino de conceptos y límites tan “definidos” y “difusos”, paradójicamente hablando, como la observada e inalcanzable división entre los mares y la bóveda celeste.

En unámbito artístico en el que los ocultamientos, insinuaciones o las muestras explícitas aparecen con la acriollada picaresca antillana y tan variados modos y facturas como cultivadores halla, marcado por el rechazo y el ostracismo de ciertas etapas, se tornan ociosas las digresiones semánticas entre eros y ágape y se impone una toma de partido que afecta en última instancia la idea misma del Arte. En principio, la preponderancia de los fines pragmáticos o estéticos diferencia al utensilio, al objeto, de la obra… de Marx a Heidegger, d
Marcelo Pogolotti. Anandrinas. 1931. Lápiz y creyón / papel. MNBA.
el paleolítico al Renacimiento, de la antigüedad grecolatina al medioevo, de la selva mesoamericana a la India.

Sin embargo, una obra puede ser en sí un objeto creado, salvo ciertas formas artísticas de representación conceptual, y verse envuelta al igual que cualquier otro producto de “la civilización” en el proceso del fetichismo de la mercancía, descrito por Marx, y del objeto mismo, menos las que no dejan testimonio palpable de su existencia.1 Recientes y pasadas ventas multimillonarias dan fe de este fenómeno, véase la venta de la pieza Abstraktes Bild de Richter en ARCO, como ejemplo.2
Gerhard Richter. Abstraktes Bild. 2001. Óleo / Aludibond.

Veamos cómo Jean Baudrillard afirmaba que “A la función crítica del sujeto ha sucedido la función irónica del objeto”, al que calificó de “transestético”, despojado de sentido y valor,3 en suma, de la “visión del sujeto”. Por ello Baudrillard supuso un retorno a la pureza anterior a las nociones estéticas en la banalización moderna de los objetos y su conversión en fetiche,4 y léase de la cultura que los produce “porque resultan de la ausencia de toda pretensión del sujeto” de interpretar el mundo. El filósofo francés vio en la simulación y el disfraz los signos de un “vacío irremediable” del arte moderno, que “al ya no ser más que idea”, hizo de esta su materia prima, se dedicó a trabajar con la idea.5

Esta concepción, en la que se unifica la producción artística de más de un siglo y engloba a las expresiones contemporáneas, a pesar de tantas páginas impresas y digitales dedicadas a resaltar condiciones pos, neo e hipermodernas, viene a ser un equivalente de otras clasificaciones que en algún momento pudieron ser interpretadas en sentido cronológico pero que pertenecen al campo de la historiografía del arte y pueden tender a equívocos, y también supone un problema mayúsculo: ¿es posible caracterizar como semejantes todas aquellas prácticas que se encuentran en sus portadores como expresión de “occidente”(con su plu
Juan Moreira. La semilla del mamey. 1976. Óleo / tela.
ralidad étnico-cultural), del mundo islámico o de Asia y el Pacífico, inclusive las que vienen del campo del arte?.
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Ahora bien, ¿quiénes atribuyeron carácter estético a determinados “productos” de épocas históricas del pasado o de culturas “extrañas” a la “civilización occidental”?,7 ¿bajo qué concepciones y paradigmas se determinó su artisticidad?, ¿la producción de estas obras no ha sido siempre condicionada por algún tipo de intercambio material o subjetivo, o la promesa/esperanza de su realización, independientemente del contexto en que se haya desenvuelto?,8 ¿el hecho y la noción abstracta de su consumo están vinculados y determinados únicamente por su carácter de mercancía y por los medios tecnológicos para su reproducción?

Las respuestas a estas interrogantes, que de ningún modo agotan las múltiples aristas de asunto tan polémico, quedan al arbitrio de los lectores –avisados d
Aldo Soler. Homenaje a Toulouse-Lautrec. 2000. Óleo / tela. Primer Salón de Arte Erótico.
e los postulados de Benjamín, Deborg, Sloterdijk
et ál y de la producción alternativa– y de sus visiones dependerá el posicionamiento final ante propuestas estéticas que explotan todo tipo de contenidos, incluidos los eróticos. Su introducción responde a las circunstancias en que se producen y consumen las obras en la sociedad contemporánea, marcada sin dudas por el espectáculo. Al decir de Néstor García Canclini: “Las artes de vanguardia erigieron al asombro en componente necesario del efecto estético, y, en el momento en que les dio pudor seguir llamándose de vanguardia, dejaron al mercado, a las galerías, a los editores y a la publicidad la tarea de suscitarlo para atraer públicos.”9

Ruido, provocación a toda costa. Un espacio “sacrosanto” del arte universal, la Bienal de Venecia, a pesar del conservadurismo manifestado en más de un siglo, ha padecido convulsiones y espasmos… “llanto y crujir de dientes”. La edición de 1990, cataclísmica, digamos, por los acontecimientos sociopolíticos que tenían lugar en Europa con resonancia mundial, fue pionera en varios sentidos: estético, ideológico, sexual y de género. Jeff Koons y Cicciolina(Ilona Staller) se vieron “opacados” por el grupo newyorkino Grand Fury. El mecanismo jurídico que llegó a desatar la obra Pope Piece and Penus basta para comprender el extraño carácter de casus belli “adquirido” por el cuerpo y en particular en temáticas como la sexualidad, las enfermedades venéreas y el aborto.

El sensualismo arquetípico del desnudo artístico se vio erosionado a lo largo del siglo XX, agotados los cuerpos apolíneos, los dramas mitológicos, las “denuncias a lo Boccaccio”, los descubrimientos exóticos, los “excesos” bohemios. Al margen del cambio, de la caída de unos paradigmas y la asunción de otros postulados, del abandono de lo sublime por lo grotesco, mediaba una relación estética entre obra y espectador. Pero, al calor de las dinámicas mercantiles de determinadas zonas de la cultura, no se puede “desestetizar” el arte sin correr el peligro de convertirlo en un mero documento, en plena contradicción con la preterida singularidad de la obra por sí misma o en tanto objeto provocador o pieza del show de la cultura de masas. En la medida en que va equiparándose la obra con el objeto, estetizado hasta sus últimas consecuencias, se acerca cuando menos al kitsch, se vulgariza y convierte en algo obsceno.

No vale evocar unas “cualidades” que le dan patente de corzo, según los preceptos en boga, para destruirlas luego, para evadir las consecuencias del acto. Parece revivir Shakespeare… to be or not to be. El ser entendido por Warhol, por ejemplo; pero el gesto y el concepto se agotan con él mismo o, a lo sumo, con aquellos de sus epígonos que lograron nuevas significaciones a partir distintas realidades, formas de percibirlas e interactuar socialmente, como Raúl Martínez, que le trasciende en su proyección de sentido humanista, no mediático ni mercantil. Ahora bien, como asevera Paula Winkler estas sociedades “[…] borran lo singular, prometen el Edén mediante el consumo de marcas y estilos de vida, y anulan la metáfora por un exceso de exhibición del detalle [...]” y el resultado es “[…] el festín para el espectador de la intimidad, de la de él, del otro, de cualquiera [...].”10

La conversión del cuerpo en uno de esos productos y la manera en
Ron Mueck. Couple. 2003. Silicona y tinta acríclica.
que se le despoja de su dignidad, de su humanidad, preocupa a un sector de la
cultura e interesa y beneficia a otro. Subrayo cultura porque precisamente el suceso pornográfico es también un resultado, lamentable, de un estadio de “civilización”, que pretende justificarse por comparación con supuestos semejantes de diferentes productores, momentos y concepciones históricas de índole filosófico-religiosa y estética, cuando en realidad se trata única y exclusivamente de su propia forma de consumo de un producto ajeno.

Por último, pensemos entonces en los recursos formales que maneja el artista para abordar un problema, reflejar un gusto, retratar un carácter, capturar un momento, descubrir un cuerpo, en fin, complacer, inquietar, conmover, anonadar; en las cualidades de la materia, del soporte, en los elementos paratextuales de que dispone. Dos ejemplos fotográficos bastan, Joaquín Blez, que levantó enorme polvareda en época republicana, y los veintidós paneles titulados La Felúre, au choeur des corps, de la canadiense Genevieve Cadiuex en aquella bienal veneciana. Ante las esculturas del contemporáneo Ron Mueck, de otro lado, no hay lugar a sonrojo y sí al asombro, a la pena, al duelo y la alegría más naturales, cuando se trata de desnudez.

El erotismo y su tratamiento en los dominios del arte marchan sobre el sinuoso borde de un abismo que separa la libertad del caos. Cierta revista foránea, por ejemplo, que dice nutrirse de una elite artística mundial, invita a creadores y a “todas aquellas personas que desean expresarse con libertad y desorden”, con el objeto de desnudarse “ante los amantes estéticos para inmortalizar sus bellos cuerpos y turgencias”.11 ¿Este es el fin último de la libertad? ¿El “nuevo objeto” del arte ha de ser la satisfacción de apetencias afectivas y fisiológicas “sin prejuicios”, ni “tabúes”, ni intimidad alguna?12

Cada lector podrá evaluar en su fuero interno si es partidario de conceder, o más bien aplaudir, la aplicación de la fórmula maquiavélica a cualquiera que justifique su derecho a ello por su condición de artista. Luego tendrá que atenerse a las consecuencias de los actos libérrimos de sus “beneficiarios” y hasta las propias. Quien suscribe no es juez, pero no reconoce en persona alguna la “capacidad” de ubicarse por encima del bien y del mal, de la responsabilidad social, del deber, independientemente de condiciones, aptitudes o actitudes.

Los derroteros del arte no están señalados a pesar de la impronta teleológica que han querido atribuir a su evolución más reciente los profetas del fin, ni los devaneos institucionales y corporativos pueden decretar indiscriminadamente las pautas de la creación. El poder de la metáfora seguirá radicado en la sutileza que nace de lo imaginario, aunque beba de lo carnal, y nadie más que el artista es su dueño y al mismo tiempo esclavo.

Carlos Escala Fernández.

1Ello no significa que el suceso artístico deje de convertirse en un suceso económico, a través de diversos mecanismos que implica su consumo como entradas, catálogos impresos u otros medios indirectos de obtener ganancias.
2Ya había obtenido un récord en este tipo de transacciones para un artista vivo en el 2013 en Sotheby’s (37,1 millones de dólares por La plaza del Duomo de Milán)
3No se refiere aquí a su valor en tanto mercancía, sino al juicio estético que le otorga o no valores trascendentes.
4Paula Winkler afirmó que en el siglo XXI “[…] se vive en un mundo en el que los objetos/mercancía se hablan entre ellos para goce del consumidor”, en el que la publicidad trabaja para ella misma.(Vid. Sujeto y precariedad simbólica en el Siglo XXI, Conferencia del 15 de octubre de 2011en el auditorio Arturo Frondizi de la Universidad Kennedy, Buenos Aires, Argentina [en línea] http://www.ensayistas.org/antologia/XXI/argentina/winkler/sujeto.htm
5Vid. La ilusión y la desilusión estéticas. Sens & Tonka. París, 1997, 46 pp., Traducción del francés por Mauricio Molina, Jean Baudrillard, "Duelo", Fractal, n° 7, octubre-diciembre, 1997, año 2, volumen II, pp. 91-110.[en línea] http://www.mxfractal.org/F7baudri.html.
6El carácter surreal de una obra no convierte a su autor en surrealista. Períodos, escuelas y estilos no son sinónimos ni adjetivos aplicables a la ligera, aunque de hecho califiquen al sujeto de una descripción dada.
7Los discursos con pretensiones hegemónicas que emanan de determinados centros de occidente son una muestra de la incapacidad de superar la postura cultural egocéntrica y discriminatoria que juzga, clasifica o presupone en términos de superioridad según sus propias nociones y principios. Lamentablemente dicha tendencia puede encontrarse también en países que conforman el “Sur”, tanto en dinámicas externas como dentro de sus fronteras, merced al centralismo económico alrededor de las urbes de mayor pujanza y el desprecio o indiferencia hacia las zonas menos favorecidas, repetición de una estructura mental de conquistadores y conquistados: la ciudad es “cosmopolita y letrada”, el campo, es solo eso y nada más que eso, monte teñido de folklore, exotismo en el mejor de los casos, analfabetismo.
8El poder de transformar o controlar la naturaleza y la sociedad o de explicar el universo ha signado las relaciones económicas, políticas y religiosas en las que se vieron envueltos los creadores sin que por ello fueran necesariamente artistas, en el significado que hoy se le atribuye al término, ni en la actualidad pueden todos los que ejercen esta actividad hacer de ella un modus vivendi, independientemente de que en sus obras están plasmadas aquellas relaciones, aspiraciones y concepciones del mundo.
9"Para un diccionario herético de estudios culturales", Fractal n° 18, julio-septiembre, 2000, año 4, volumen V, pp. 11-27.[en línea] http://www.mxfractal.org/F18cancl.html.
10P. Winkler: Op. Cit.
11 ReVista OjOs.com, relacionada a las redes del Museo de Arte Erótico Americano.
12 Aun en las Anthropométries(1960) de Klein el cuerpo fue un instrumento, un medio.